Advertisement

Últimas Noticias
Cargando últimas noticias...

Don Oráculo pregunta: ¿Basta con aspirar a la Presidencia para representar el alma de un partido




?

Por Andrés Mejía Yépez
Abogado y gestor cultural

Hay momentos en la vida de los partidos políticos en que las aspiraciones individuales obligan a formular preguntas colectivas. El Partido Revolucionario Moderno (PRM), de cara al horizonte electoral de 2028, se encuentra ante uno de esos momentos.

En una entrevista difundida en las redes sociales, el analista Alejandro Cruz examina la dinámica interna del PRM y el papel de figuras como Carolina Mejía, David Collado, Luis Abinader e Hipólito Mejía. Sus reflexiones me han motivado a plantear una inquietud propia sobre la identidad política y el compromiso con una organización.

Al referirme a David Collado, he utilizado una expresión que resume mi interrogante: ¿siente correr por sus venas la sangre perremeísta?

No planteo esta pregunta como una descalificación personal, sino como una invitación a reflexionar sobre lo que significa pertenecer a un partido político, conocer sus raíces y asumir su historia como parte de un compromiso colectivo.

Don Oráculo, fiel al método de Sócrates, prefiere preguntar antes que sentenciar:

¿Basta con tener popularidad, reconocimiento público y aspiraciones presidenciales para representar el alma de una organización política? ¿O también es necesario demostrar una conexión auténtica con su militancia, sus principios y las luchas que hicieron posible su nacimiento?

Carolina Mejía: identidad, trayectoria y liderazgo

En este escenario aparece Carolina Mejía, cuya trayectoria está vinculada directamente con la historia y la estructura del PRM. Su relación familiar con el expresidente Hipólito Mejía forma parte de su historia política, pero la pregunta fundamental es otra: ¿ha logrado construir una identidad y un liderazgo propios dentro de la organización?

Don Oráculo nos invita a pensar: ¿qué pesa más en la vida de un partido, el apellido de una figura, su popularidad individual o la confianza que consigue construir entre sus compañeros?

La pertenencia a una tradición política puede representar una ventaja, pero también implica una responsabilidad. Conocer las raíces de una organización debería ayudar a comprender que su fortaleza no descansa únicamente en sus principales dirigentes, sino también en los militantes, los dirigentes territoriales y los ciudadanos que depositaron su confianza en ella.

Por eso, la pregunta socrática es inevitable: ¿qué significa continuar una historia política? ¿Llevar un apellido, ocupar una posición de liderazgo o demostrar, mediante las actuaciones y las propuestas, que se comprenden los compromisos que dieron origen a una organización?

Carolina tiene ante sí el desafío de demostrar, con su propia trayectoria, cómo entiende esa responsabilidad y qué proyecto propone para el futuro del país.

Abinader, Hipólito y la responsabilidad de preservar la unidad

También debemos preguntarnos qué papel corresponde desempeñar a Luis Abinader e Hipólito Mejía en esta etapa del partido.

¿Deben los liderazgos históricos inclinar la balanza en favor de una corriente o contribuir a que la organización garantice un proceso democrático, transparente y respetuoso de sus reglas?

¿Puede el PRM desarrollar una competencia interna legítima sin permitir que las aspiraciones individuales debiliten la cohesión de la organización?

La unidad no significa que todos deban pensar igual. Significa aceptar reglas compartidas, debatir con respeto y comprender que ningún proyecto individual debe estar por encima de la institucionalidad partidaria.

La pregunta que no debemos evadir

Volvamos a la expresión que ha motivado esta reflexión: la sangre perremeísta.

¿Qué queremos decir realmente cuando hablamos de ella? ¿Nos referimos a una identidad construida a través de la historia, a la participación en la vida orgánica, a la cercanía con las bases o a la defensa consecuente de los principios del partido?

Si esos son los criterios, entonces debemos aplicarlos a todos los aspirantes, sin excepciones ni privilegios.

A David Collado le corresponde que su trayectoria, sus vínculos con la organización y sus propuestas sean examinados con objetividad. A Carolina Mejía también le corresponde demostrar, mediante sus actuaciones, la capacidad de convertir su experiencia y sus relaciones con la militancia en un proyecto político propio.

La pregunta no es quién merece una etiqueta, sino qué hechos permiten evaluar el compromiso de cada dirigente con la organización que aspira a representar.

Don Oráculo deja la última pregunta

Si Sócrates estuviera hoy entre nosotros, quizá preguntaría a los perremeístas: ¿qué debe pesar al escoger a quien los represente: la popularidad, la experiencia, la identidad partidaria, la capacidad de gobernar o la combinación de todas esas cualidades?

Y añadiría: ¿cómo puede el PRM garantizar que la competencia por su candidatura presidencial fortalezca al partido en lugar de dividirlo?

No pretendo ofrecer respuestas definitivas. Prefiero dejar las preguntas abiertas, porque una organización política madura no teme examinarse a sí misma.

Mi reflexión parte de una convicción: un partido político no puede vivir únicamente de sus recuerdos, pero tampoco debería olvidar las raíces que le permitieron crecer.

La historia orienta; el presente exige resultados, y el futuro demanda ideas, unidad y responsabilidad.

Que cada dirigente demuestre con sus hechos qué representa y qué está dispuesto a aportar. Y que cada militante pueda reflexionar libremente, sin que la popularidad de una figura sustituya el análisis de su trayectoria.

Don Oráculo cierra su cuaderno, pero deja abierta la conversación.

Porque, en política, a veces una pregunta bien formulada puede decir mucho más que una afirmación pronunciada a la ligera.

Andrés Mejía Yépez
Abogado y gestor cultural

Publicar un comentario

0 Comentarios